sábado, 12 de julio de 2014

LA VICTORIA DE SÍSIFO

Cuarta misiva de Simfur el Trashumante

   Lo vi a la.entrada del Abismo, ese lugar a donde los ángeles de Imitatus envían a los réprobosa tras su muerte. Pero él no parecía muerto, ni siquiera dormido como las personas de la superficie de Gea. Sísifo era entonces, y creo que sigue siéndolo, un titán de estatura inconmensurable, diríase que mide seis metros de los pies a la cabeza, pero cuando se yergue en toda su plenitud cubierto únicamente por ese taparrabo blanco que usa sólo por deferencia, un temor reverente hace que su interlocutor pierda la noción de las medidas y las distancias y entonces Sísifo parece un dios de proporciones olímpicas.
  Entre las penumbras de la boca del infierno, que oscilan tan sólo del blanco al negro aún para mi mirada acostumbrada a percibir el aura de todas las cosas, sólo es posible observar que el gigante posee una silueta atlética que contrasta con su cabeza de anciano venerable, calvo en la parte superior de la cabeza,  pero coronada a los lados con blancos y largos mechones que se desparraman sobre sus hombros, mientras que una discreta barba nace del mentón.
  Nos alegramos al ver que cada uno reconocía el saludo de Rabí que le dirigía el otro, dicho saludo es el signo propio de los  seguidores del Divino Ladrón, aquel que roba las almas a Imitatus para encaminarlas hacia el universo de la luz y la libertad sin límites.
  Con esta confianza mutua charlamos largamente y la conversación derivó inevitablemente hacia la gran aventura que Sísifo vivió en el infierno de Tierra, ese legendario planeta que fue tan célebre en el ya desparecido universo de Deiwos, un cosmocrator similar a Imitatus aunque su creación jamás llegó a ser tan horripilante como esta.
  Palabras más, palabras menos, he aquí las palabras de Sísifo:
  "Zeus era un tirano, quería llegar a ser el dios único en la tierra y todo el sistema solar de Ors, sin más ley que la suya."
  "Sólo los titanes nos opusimos, pues aunque a los dioses olímpicos no les agradaba la idea de un poder ilimitado para el dios del trueno, temían enfrentar las consecuencias de una rebelión abierta. Además, Zeus era su padre."
 "La sublevación de los titanes fue portentosa, y habríamos triunfado si tan sólo
hubiésemos calculado correctamente el grado de resistencia que podía utilizar Zeus. Todos los demás dioses fueron vencidos uno a uno, incluso Ares; pero Zeus recurrió al arma secreta de sus relámpagos ubicuos y entonces, incapaces de prever dónde caerían los rayos divinos, los titanes fuimos sucumbiendo gradualñmente hasta quedar completamente vencidos."
   "Mi destino fue el peor de todos, aunque a muchos se les castigó con la muerte y el desmembramiento: A mí se me destinó a la pena de vida eterna."
  "Vida eterna, pero mi destino fue trabajar en forma absurda toda la eternidad:
  Debía subir una peña enorme, tan grande como yo, desde la base hasta la cima del  monte más encumbrado del Tártaro. Durante semanas que se volvían meses, yo empujaba, jadeaba y resoplaba ascendiendo penosamente la infernal cuesta precedido por la roca de mi martirio."
   "Mil veces alcancé la cumbre, y mil veces vi caer, desolado, a la maldita piedra hasta el fondo de mi cautiverio, siendo obligado cada vez a reiniciar la tarea. En vano amenzaba y blasfemaba a todo pulmón, retando a Zeus a presentar combate cuerpo a cuerpo, el cobarde sabía que sería vencido."
  "Con el paso de los siglos, mi ingenio fue incrementándose, y me percaté de que, si al bajar a recoger la roca caída, me demoraba un poco más de lo habitual, podía abrir en el suelo estéril una profunda zanja con ayuda de rústicas herramientas improvisadas con los pedruscos sueltos."
 " Así lo hice, y siempre que bajaba a recoger la peña de mis tormentos, cavaba una zanja a un estadio de distancia de la piedra rodante. "
  "Transcurrieron los siglos, los milenios y las eras, y mi ardid fue premiado. Un día estaba por fin a un sólo estadio de la cima, a partir de la última zanja. Comencé por enésima vez la ímproba tarea de impulsar la masa de granito hacia arriba."
  "De improviso, una luz brillantísima iluminó toda la cavidad del Tártaro, poniendo al descubierto todos los horribles secretos de ese infierno. Un hombre, un ejemplar de la raza de los habiru conocido como el Iscariote, descendísa majestuoso desde el cenit, portando en su diestra una antorcha y en la mano izquierda una espada: Clamando:
   "¡Oh, hijos del Altísimo!, ¡Sed libres! Vuestro tormento llega a su fin, Satanás el Impostor ha sido vencido, marchaos y partid hacia la luz, que este mundo demencial, la falsa creación de un imitador, será reducido a la nada." "
   "Lleno del más completo júbilo, coroné mi esfuerzo colocando la peña de los tormentos en su meta, con lo cual recobré todo mi antiguo poder. Entonces salí intempestivamente del Tártaro, mas lejos de huir de Tierra, me sumé a las huestes libertarias que peleaban en la superficie contra los ángeles y los dioses."
  "Es mi orgullo decir con verdad que aplasté cabezas y rompí huesos, desgarré alas y pulvericé cuerpos, llegando en mi delirio a asaltar el Olimpo y reducirlo a cascajo en compañía de mis hermanos, los Titanes liberados, mientras Prometeo vociferaba jubiloso arengando a sus fieles a sumarse a la lid."
 "Grande fue ese día el desastre para el creador del mundo, ese embustero que ya Rabí había desenmascarado en la montaña cuando aquel lo tentó con el Gobierno mundial."
 "En ese momento de gloria, sin embargo, todos vimos cómo un caballo blanco de dimensiones cósmicas llegaba majestuoso ondeando su crin albina, y girando, presentó sus cascos traseros al mundo, acometiéndolo con implacables coces que dieron fin para siempre a Tierra y todo el universo adyacente, mientras los seres liberados volábamos cantando gozosos el himno de la libertad."

viernes, 11 de julio de 2014

LA MILICIA DE SIMFUR

Tercera Misiva de Simfur el Trashumante

   Esa mañana desperté justo al alba. Sin pérdida de tiempo brinqué de la cama con el brío juvenil de mis 18 años y me vestí enseguida. Sin probar el desayuno preparado por Cynthia, abordé el veloz Bolidus rojo que mi padre me había asignado para movilizarme en las favelas.
  -He decidido aceptar tu oferta, papá. - Exclamé a manera de saludo al entrar sin anunciarme en la oficina que mi padre, en su calidad de jefe de la guarnición de Imperátor, el Regente Planetario, ocupaba en el centro del conglomerado urbano de Nois.
- ¡Magnífico, muchacho, magnífico! Exclamó el viejo de calva cabeza y rostro bonachón, mientras se acariciaba sonriente el mentón bien rasurado.- Veo que al fin has decidido ir sentando cabeza. ¡Ah, bribón! Ya decía yo que un hijo mío no debía ser un calavera toda su vida. Ven acá, hombre, mira esto.
  Me mostró un listado que ya tenía preparado con 21 nombres: El batallón juvenil que ya había decidido que yo debía comandar en el desfile de hoy, el día más glorioso de Gea, cuando se celebraba el aniversario 5999 de la entronización de Imperátor, el Vicario de Imitatus -el Dios Único-.
-¡Eso es! 21 bravos mocetones, bien machotes como tú, Francisco, para que contigo sean 22, igual que el número de Ministros del Gabinete de Imperátor. 
  A decir verdad, yo no tenía ni siquiera poquitas ganas de formar parte de las sanguinarias tropas de Imperátor. Si me había decidido a aceptar la oferta de mi padre de combinar mis estudios de Arqueología con el mando de un batallón era tan sólo porque estaba asustado luego de que mi amorosa madre me anunciase la víspera que estaba listo mi Ritual de Sodomización, la fastuosa ceremonia en virtud de la cual el privilegiado iniciado adquiría el derecho de aspirar a los más altos puestos burocráticos de Gea.
-Pero, madre: Yo no quiero ser un gran funcionario (léase; yo no quiero ser sodomizado), me conformo con ser un investigador pionero en la Arqueología. Ahí está mi felicidad. Y ya me hiciste a los cinco años el Ritual Bautismal, que basta para ser salvo.
-Nada, nada de eso, tontito- Replicó mi querida madre-, ya lo he decidido: Tú llegarás un día a ser Ministro. Está todo listo para que mañana te sodomice el Gran Sacerdote.
  Fue por ese que al amanecer corrí como poseído por Seth hasta la oficina de papá, olvidando todos sus malos tratos de antaño. Bien gozoso y orondo andaba el viejo ese día por las instalaciones de su cuartel, pavoneándose del orgullo de que su muchachito alocado hubiera salido tan hombresote como él, garantía más que suficiente de su paternidad, y que digan lo que quieran las malas lenguas.
   Con la lista en la mano me quedé pensativo cuando llegué a mi aula en la Facultad.
  Yo no quería 22 ovejas imitadoras de Imperátor, nada de eso. 
-Que sean 34 leones, como las vértebras de mi columna-. Me dije, recordando mi placa radiográfica donde se mostraba mi singularidad ósea: 34 vigorosas vértebras, y no 33 como la gente decente. Hasta en eso salí desobediente.
  Así que me pasé el resto de la mañana invitando y llamando a amigos y amigas tratando de enrolarlos en mi agrupamiento. Un desacato más, pues las tropas deben ser exclusivamente masculinas.
  Quedamos de vernos todos, los treinta (pues a la lista de papá sólo pude añadirle 8 miembros más, incluyendo tres mujeres), a la entrada de la cafetería de la Universidad.
  Al mediodía, mientras esperaba se acercó a mi mesa Gori, el viejo perro criollo de padre chow-chow.
No es inusual en Gea que a veces los perros se pongan a caminar en dos patas, como hizo entonces Gori, ni que sonrientes y amistosos, se sienten a la mesa con la gente, como también hizo entonces el perrazo de pelaje marrón y hocico negro.
  Lo que sí es raro, aunque no imposible, es que humano y perro conversen.
-Así que, ¿Qué se siente ser oficial, Panchito?
-Es una lata, si no fuera por la sodomización...
-Te entiendo, a mí me gusta sodomizar, no que me sodomicen, jajajajajajajajaja...
-Esto no es un chiste- reproché al sonriente Gori- Es algo muy serio y grave, me voy al Ejército.
-¡Bah! Te tomas todo muy en serio, relájate. Te apuesto 20 a 1 que ahora también harás rabiar al viejo, tu padre ni se imagina lo que vas a hacer.
-¿Y qué es lo que voy a hacer?
-Espera y lo verás. Yo ya lo vi en el éter, que anticipa el futuro. Tú, en tu interior quieres hacerlo, aunque no quieras confesarlo. Pero lo harás. Y te felicito. No te arrepientas.
  Y diciendo esto se marchó con una gran sonrisa en sus fauces, dejándome totalmente perplejo.
  Media hora más tarde llegaron mis jóvenes camaradas. Todos nos juntamos en la explanada ubicada frente  a la cafetería.
  Daba gusto ver este batallón. Todos vestíamos inmaculados uniformes: Una gorra de oficial coronaba cada cabeza, vestíamos impecables camisas azul celeste de manga larga, un pantalón azul marino con vivos de tono más bajo y calzábamos las lustrosas botas militares propias de la ocasión.
  Todos, alegres aunque circunspectos, nos formamos en fila india y a mi señal, emprendimos con paso veloz la marcha hacia la Plaza Central de Nois... y tomamos la avenida girando hacia la izquierda como lo ordené, y no a la derecha como lo establece el reglamento militar.
   Al pasar frente al obelisco de la Plaza lo saludamos con la mano tocando el pecho, e hicimos todos los saludos de rigor, pero todo con la mano izquierda, no con la derecha como es lo establecido.
   Y así, a paso veloz, siempre bajo mis órdenes, dejamos atrás el obelisco, la Plaza, el templete con todo el Gabinete y todo, todo lo dejamos atrás, marchando hacia el poniente y no hacia el oriente mientras un ¡Ah! de desconcierto salía de las gargantas de todos los espectadores.
-¡Que Seth, el Maligno cargue con todos ellos!- Exclamé como respuesta, y nos alejamos para siempre de Nois y sus locuras.
  Ahora sí, papá me va a matar.

jueves, 10 de julio de 2014

HOY HE ASESINADO A MI PADRE

   HOY HE ASESINADO A MI PADRE
  segunda misiva de Simfur, el Trashumante

   Tenía que hacerlo, Nélida. Era mi derecho, más que eso: Era mi deber de hijo.
    Y es que él sabía, ¿Entiendes? ¡Él lo sabía!
    Los agentes del Gobierno Central de Gea, esos asquerosos esbirros de Imperátor, piensan que lo hice por venganza. Estúpidos.
  Hace ya 24 años que pasó aquello, pero juro por Krishna que eso no fue el motivo de mi decisión. Llegué de madrugada, tras una francachela de muy padre y señor nuestro que habíamos tenido en el antro clandestino de Nahum. Arribé a casa totalmente ebrio de néctar fermentado de caña, esa satánica y deliciosa bebida que tan bien preparan las concubinas del anfitrión. Esa noche, los del primer grado de la Facultad de Arqueología bebimos y cantamos, bailamos las danzas  más extrañas y proscritas en compañía de esas albas mujeres, las Bacantes, de las que dicen los mojigatos son diablesas llegadas de otros mundos por las artes infernales de Seth, el Maligno.
  Ingerimos cantidades copiosas de cerdo, fumamos tabaco de Antila, y así inspirados declamamos espontáneas y sentidas odas incendiarias contra Imperátor, contra el Honorable Ejército de la Patria y sus obesos mariscales, contra todos los hombres opulentos y poderosos de Gea, haciendo caso omiso de que nuestros padres todos son opulentos y poderosos. Incluso, Emilio el Demente rebasó todas las normas y se atrevió a blasfemar contra Imitatus, el Creador, el Único Dios. Sí, mientras blandía su ondulada cabellera de salvaje, nuestro rebelde y querido amigo llamó tirano, mentiroso y sanguinario a nuestro entonces amado Dios, entre las carcajadas de las concubinas y las bacantes y el rostro desencajado y alarmado de todos nosotros.
  No sé cómo lo supo papá, pero ahí estaba, en el vestíbulo de nuestra mansión. Fue como el rayo de la ira de Seth:
  Me sujetó del hombro derecho, me arrastró hasta la ducha entre improperios que jamás antes le escuché, me arrancó a tirones la ropa hasta dejarme desnudo. Entonces me ató las muñecas con esas cuerdas con que ataba a sus canes guardianes y valiéndose de ellas me hizo colgar de la tubería de nuestra regadera.
  Extrajo de mis bolsillos los pocos cigarrillos que aún estaban intactos, y el encendedor de plata que me había obsequiado Lilí, la más bella bacante.
  Con parsimonia de cincuentón, papá encendió uno a uno los cigarros, y con brutal lentitud apagaba su lumbre apretándolo abrasadoramente contra mi desnuda y pálida piel de adolescente burgués.
  -¡Vas a madurar de una vez, hijo de perra! ¡Si eres mi hijo, harás lo que yo diga, cabrón! ¿Me vas a hacer caso, te vas a quitar de una vez de esas chingaderas? ¡Un hijo mío, comiendo cerdo, emborrachándose con putas!
  A cada cigarrillo frotado en mi torso una nueva exclamación de furor paterno, hasta terminar los dieciséis que me encontró. Cada uno fue un nuevo insulto, una frase clamada con voz de trueno que resonaba entre el silencio de la oscura noche sin lunas.
  Demasiado orgulloso para gritar de dolor o pedir clemencia, yo apretaba los labios mientras lanzaba patadas a diestra y siniestra que papá esquivaba con su habilidad de experto capitán de las tropas locales de Imperátor.
  Dos horas duró el suplicio. Papá había marcado en mi epidermis cinco figuras triangulares. Tres puntos tenía cada una. Y una quinceava  la dejó encima del ombligo.
  -¡Obediencia! ¡Respeto! ¡Sumisión! -Decía alternadamente cada vez que me marcaba con uno de los puntos de fuego.- ¡Recuérdalo! Son esas las virtudes que más ama Imitatus, el Señor, el único Dios. No vuelvas a deshonrar mi nombre. Sé obediente a la autoridad, respeta a tus mayores. Sé sumiso ante las leyes del Sumo Pontífice y Vicario de Dios: Imperátor. Sólo así serás digno de permanecer en la casta gobernante de Gea.
  Yo sólo lo miraba con sorna, con desprecio, pero él prefirió atribuir mi desfachatez y silencio a  la embriaguez, y no continuar con la lección, con lo cual me habría dado muerte.
  Pero de verdad, Nélida, jamás lo odié por eso. Ni se lo reproché entonces ni lo lamento ahora. Después de todo, la tortura paterna era lo normal como recurso disciplinario en nuestra casta privilegiada.
  Lo maté por otro motivo.
  Y eso fue el detonante de esta locura que ahora estoy viviendo.
   Ese día estaba en casa de visita, tras volver de mi expedición arqueológica de las selvas del Mayab. Estaba seguro de estar a punto de dar con el misterio de misterios de la Arqueología: ¿Por qué hace seis mil años, de improviso, sin transición, todos los pobladores de esa formidables ciudades desaparecieron?
  Es como si se los hubiera tragado la nada. No hay vestigios que indiquen una posible respuesta.
  Durante seis meses exploré, desmonté, excavé, en compañía de mis cuadrillas de jarochos, esos morenos trabajadores sin casta que todos rechazan a la hora de dar beneficios, pero que todos buscamos cuando hace falta realizar un trabajo pesado y penoso.
  Nada, ningún indicio positivo que apuntara a la solución del misterio. El carbono-14 se mostró impotente para aportar respuestas.
  La víspera de mi regreso sostuve una larga conversación con Cecil, joven físico teórico que acudió a visitarme con saludos de los camaradas de la Universidad.   Hablamos de todo sin ton ni son, incluso de las modernas teorías cuánticas que sugieren que el universo no existe, es decir, no es objetivo si no subjetivo, una interpretación de la mente a una serie de datos que capta supuestamente de fuentes externas, pero que podrían ser internas. Cuántica, le llaman a esa ciencia especulativa los físicos de Gea. En teoría, el dominio de la Cuántica otorgaría facultades inimaginables a sus practicantes.
   En casa, con mi padre Francisco, repasaba las incidencias de mi exploración al Mayab. Ennumeramos y desechamos cada una de las muchas teorías que tratan de explicar el misterio de la desaparición de la antigua civilización tzeltzal.
   Entonces guardamos silencio.
  Y lo rompí preguntando:
  -Y ¿Si los tezeltzales se fueron usando la Cuántica?
   Mi padre volvió su rostro hacia mí, y nos miramos fijamente por un segundo.
  Lo que vi en sus ojos fue una revelación: Por un solo segundo estuvo despierto, consciente. ¡Él lo sabía! Lo recordó al menos ese segundo, y podía volver a recordarlo.
  En ese segundo sus ojos brillaron con la luz de la conciencia, del conocimiento perfecto. Setenta y un años de adoctrinamiento no habían terminado de doblegar su alma ni su capacidad de recordar.
  En ese segundo ambos supimos que este mundo es una farsa, un engaño, una ilusión que Ellos quieren que tomemos por real.
   Y yo no podía permitirlo, no, no podía: No podía dejar que esa chispa de consciencia se perdiera. Que volviese a dormir, acaso para siempre. Pronto papá moriría y sería sepultado con todos los honores de su Fraternidad, y los teurgos de Imperátor realizarían el Ritual de Resurrección. Entonces, resurrecto, lo enviarían a vivir feliz por siempre a Edén, donde permanecería eternamente.
  ¡Impostura! ¡Esclavitud sin fin! ¡Esa es su idea de vida post mortem! Y yo no podía permitirlo.
  No dudé.
  Amayraní, mi hermana, pidió a papá que la acompañara a las favelas a realizar unas compras, así le llaman a adquirir esclavas de la casta inferior para labores domésticas.
  Volvieron a las dos horas, en compañía de un par de jóvenes de piel oscura, silenciosas y olorosas a leña.
  Tomé el cuchillo más filoso de la cocina, papá estaba junto a la cerca del jardín.
  Salí a su encuentro. Al mirar sus ojos, éstos tenían el aspecto cansino y opaco que habían tenido toda su vida. Opacidad que es común a todos los habitantes de Gea, y que indica que son buenas y dóciles ovejas del rebaño del Señor Imitatus, el Omnipotente. Sólo los locos y los demonios tienen brillo en su mirada, y son temidos hasta el paroxismo por las buenas gentes de nuestra casta gobernante.
   Sin pensarlo, sin dudarlo, caminé hasta él. Extraje el puñal de entre mi manga y hundí la fría y dura hoja en el blando abdomen de mi anciano padre. La grasa acumulada no presentó resistencia. La débil capa muscular subyacente fue vencida con un ligero empujón, y lo órganos vitales fueron heridos de muerte. Giré la punta dentro de la cavidad abdominal, para garantizar un rápido desangrado y facilitar la entrada de aire, con lo que provocaría una embolia.
  Todo acabó en segundos. El cuerpo inerte de mi padre yacía boca arriba mirando sin ver el cielo despejado de Gea, mientras los dos soles de nuestro sistema binario se acercaban cada uno a su respectivo ocaso.
   Sólo cumplí mi deber, y la satisfacción de un hijo realmente solidario se apoderó de todo mi ser, y en mi interior sonreí en paz.

miércoles, 9 de julio de 2014

LA CARCAJADA DEL HOMBRE BÚHO
    El dolor me despertó. Supe que estaba vivo al sentir la aguda punzada de mi tobillo izquierdo. Traté de levantarme, sólo para comprobar que tenía todo el cuerpo entumido, a causa seguramente de la inactividad de varios días. Al abrir los ojos me percaté de la discreta claridad de un mustio atardecer, cuya luz difusa se colaba entre las rendijas de las míseras paredes de madera apolillada.
   No sabía quién era, ni siquiera qué era, pero sabía que estaba vivo y que aún quería pelear. Eso sí lo sabía.
  Trabajosamente me apoyé sobre las palmas y volví la cabeza hacia mis pies descalzos y ennegrecidos por semanas de desaseo: El aspecto tumefacto de la hinchazón de mi tobillo no auguraba nada bueno. Soportando la intensa sensación de punzante hormigueo traté de levantarme gradualmente sobre mi pie derecho. La sensación lacerante pero vivificante de la sangre recorriendo nuevamente las venas y arterias, me comunicaba la gozosa nueva de que aún tenía vida, gran riqueza cuando no se tiene nada más.
  Palpándome y explorando mi persona fui cayendo en la cuenta de mi dramática situación: Mis piernas aún estaban sujetas por los grilletes herrumbrosos con los que fui encadenado. Las cadenas estaban rotas ya en los eslabones próximos a mis muñecas y tobillos. Lucían como si hubiesen cedido a un gran esfuerzo muscular, y no a un trabajo de segueta o cincel.
  ¿En verdad soy tan fuerte? ¿Es tan grande el poder de la desesperación?
  Por fin me puse de pie, observé con parsimonia mi lóbrego entorno: Un catre hediondo con mantas que un día fueron blancas, unas míseras láminas de cartón oscuro, una mesa rústica que sirve de base para numerosas chucherías inservibles y restos de comida que no consumí, que son migajas que dejaron "Ellos".
  Vi trapos rotos y sucios que hacía tiempo fueron prendas de vestir, tal vez mías; basura acumulada sobre el suelo de tierra; un alacrán negro que corría asustado por mis movimientos; y un grasiento espejo de cuerpo entero al otro lado de la casucha. Era cuanto había, ni un aparato electrónico, ni un foco, ni una sola herramienta, ni papel, ni libros, nada más. El desorden y la inmundicia del sitio eran sobrecogedores. La mortecina luz sólo contribuía a hacer más tétrico y deprimente el entorno.
  Finalmente logré erguirme, y a pesar del dolor avancé cojeando con gran dificultad. Más difícil que lidiar con el dolor era vencer ese terrible embotamiento que aletargaba mi cerebro, una especie de somnolencia abrumadora dominaba mi mente, seguramente eran los efectos de esas sustancias que "Ellos" solían introducirme cuando estuve encadenado, tanto me temían los miserables.
   Cada movimiento es un triunfo de mi voluntad, cada decisión, un desafío temerario a la autoridad de mis captores, "Ellos" quieren que esté atado, inmóvil, medroso y cabizbajo. Hoy los reto con mi lucidez, con mi desprecio al dolor y mis pasos de ebrio y mi inquisitiva mirada a cuanto me rodea. 
   ¡Estoy despierto!
  Dirigí mi mirada hacia el espejo y vi escrita con lápiz labial rojo: "El Búho/Prisionero #13".
  Así que soy el Búho, para ellos soy el Búho, el ave mágica que les anuncia su muerte. Soy alguien, después de todo.
  Caminé hasta quedar frete al espejo y la imagen que me devolvió éste no pudo ser más atroz: Mi rostro pálido, surcado de grandes arrugas, quizá de edad (¿Cuántos años tenía?), quizás de agonía y desasosiego; una barba negra, enmarañada y larguísima, horrenda, caía en picada hacia mi pecho; el mostacho tieso y apelmazado; una larga melena de nazareno, pero sin gloria ni santidad; una camisa marrón que era amarilla cuando me la pusieron; un pantalón caqui hecho jirones que cuelga precariamente de mis estrechas caderas.   La piel que en mi juventud era sonrosada y lozana estaba ya aceitunada por la acumulación de piel muerta y polvo pegado a ella, de manera que tenía tres pieles: suciedad, piel muerta y verdadera piel, al menos así no pasé tanto frío, pensé.
  Pero mis ojos, mis ojos son de fiera, un brillo demoníaco refulge desde mis pupilas, esa pupilas que "Ellos" tanto temen, y que sin necesidad de usar la lengua, que me han prohibido usar, les dicen en elocuentes palabras sin sonido cuánto los odio, cuánto los desprecio y cuán insignificantes y ridículos son a pesar de todos sus desplantes y poses de tiranuelos. ¡Ah! Mis ojos que escupen a cada momento a sus rostros hipócritas y afeitados.
  Una dicha inmensa me embargó mientras andaba con paso rengo hacia la casi inexistente puerta de mi fallida prisión, estaba vivo, consciente y seguía odiando con todo mi ser este mundo demencial que "Ellos" querían que amara. ¡Oh, Nélida! ¡Qué bello, qué grandioso es el odio cuando te da vida!
   Con mi diestra temblorosa, temblorosa por la debilidad de mi cuerpo, que no por falta de ánimo, hice a un lado la rota puerta. Aspirando el húmedo aire de la barriada salí al patio de la maltrecha casa.
  Observé con aprensión mi alrededor. Un mar, no: Un océano de miseria se desparramaba a mi alrededor, formado por cientos, miles de casuchas tan paupérrimas como la mía. Se extendía enfrente y detrás mío, y a mis costados. La pobreza más lacerante y el hambre de todos los días eran la única realidad para todos estos infelices. Soñar y morir: He ahí su destino.
  Pero yo por un fugaz momento he vencido. Mi gozo va en aumento, no importa quiénes son Ellos, no importa si son vulgares secuestradores por dinero, ni si soy su prisionero político, o si son de la policía secreta, o si soy prisionero de guerra. No importa si su jefe es un tirano, Satanás o el mismísimo Demiurgo. Hoy, contra toda posibilidad y aunque sea por un momento que quizá no se repetirá, los he vencido, he actuado conscientemente, haciendo mi voluntad y contrariando la suya. Hoy he triunfado.
  Mi alegría no conoce límites: Levanto desafiante mi puño siniestro y lo agito con irreverencia hacia el horizonte, retando con fiereza al mundo, a mis enemigos, a Satanás y al Creador. ¡Soy libre! ¡Soy invencible! ¡SOY YO! 
   Una carcajada destemplada, desaforada, estentórea, brutal e incontenible brota a todo volumen de lo más profundo de mis pulmones y de mis entrañas. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
  Y entonces el mundo tembló, y los dioses sonrieron.

martes, 8 de julio de 2014

EL EPISTOLARIO DE SUMFIR
   He aquí, a disposición de todos los interesados, el enigmático y críptico conjunto de cartas que Sumfir el Trashumante me ha enviado a lo largo de estos últimos lustros.
  Habíamos temido que el Trashumante no volviese, pasadas ya cuatro décadas sin noticias suyas. Ese viaje demencial a ese sector del universo no auguraba nada bueno, y menos después de que ingresó en aquella región donde todo se desenvuelve en frecuencias y vibraciones por debajo de nuestro rango usual de percepción.
  Sin embargo, Sumfir pudo recordar, sin que sepamos cómo, la técnica magistral de la epístola etérica, en virtud de la cual todo mensaje enviado desde cualquier punto del universo llega invariable e instantáneamente a su destino. No sabemos si nuestras respuestas han sido recibidas por él, pues ignoramos si también ha recordado cómo crear un dispositivo receptor, y si, en caso de recordarlo, ha contado con los elementos necesarios para construirlo.
  Tengo presente que acaso en un principio les parecerá a ustedes caótico y sin sentido el contenido del Epistolario, pero se los presento en el orden en que los mensaje me han llegado. De otro modo el caos sería en verdad total, mas deben tomar en cuenta que en ese lejano y extraño mundo al cual Simfur ha arribado, las leyes de la naturaleza difieren notablemente de las que rigen en nuestros mundos, y que además de ello el sistema social y económico imperantes son incomprensibles sin un previo estudio.
  Tengo la seguridad de que estos extrañas misivas cumplirán en nuestros mundos la función de alertarnos y motivarnos para que jamás permitamos cristalizar aquí las condiciones de vida infrahumanas y demenciales que privan en Gea, el extraño mundo donde el Trashumante ha sido hecho cautivo.
  Finalmente, manifiesto mi firme convicción de la pronta y feliz vuelta de Sumfir, ya que, como notarán ustedes a lo largo del Epistolario, él ha sido capaz de aprovechar en su favor los elementos existentes en Gea y sus alrededores para emprender el retorno hasta nuestros planetas. Cuando esté aquí con nosotros, aprovechemos su nueva fuerza y sus conocimientos para impedir que las condiciones deplorables que rigen el el sector donde transita Gea se repliquen en nuestro sector del universo.
                                                 Con amor filial:
                                                          Nélida, integrante del Cuerpo Colegiado Gobernante  de Krishnaloka