HOY HE ASESINADO A MI PADRE
segunda misiva de Simfur, el Trashumante
Tenía que hacerlo, Nélida. Era mi derecho, más que eso: Era mi deber de hijo.
Y es que él sabía, ¿Entiendes? ¡Él lo sabía!
Los agentes del Gobierno Central de Gea, esos asquerosos esbirros de Imperátor, piensan que lo hice por venganza. Estúpidos.
Hace ya 24 años que pasó aquello, pero juro por Krishna que eso no fue el motivo de mi decisión. Llegué de madrugada, tras una francachela de muy padre y señor nuestro que habíamos tenido en el antro clandestino de Nahum. Arribé a casa totalmente ebrio de néctar fermentado de caña, esa satánica y deliciosa bebida que tan bien preparan las concubinas del anfitrión. Esa noche, los del primer grado de la Facultad de Arqueología bebimos y cantamos, bailamos las danzas más extrañas y proscritas en compañía de esas albas mujeres, las Bacantes, de las que dicen los mojigatos son diablesas llegadas de otros mundos por las artes infernales de Seth, el Maligno.
Ingerimos cantidades copiosas de cerdo, fumamos tabaco de Antila, y así inspirados declamamos espontáneas y sentidas odas incendiarias contra Imperátor, contra el Honorable Ejército de la Patria y sus obesos mariscales, contra todos los hombres opulentos y poderosos de Gea, haciendo caso omiso de que nuestros padres todos son opulentos y poderosos. Incluso, Emilio el Demente rebasó todas las normas y se atrevió a blasfemar contra Imitatus, el Creador, el Único Dios. Sí, mientras blandía su ondulada cabellera de salvaje, nuestro rebelde y querido amigo llamó tirano, mentiroso y sanguinario a nuestro entonces amado Dios, entre las carcajadas de las concubinas y las bacantes y el rostro desencajado y alarmado de todos nosotros.
No sé cómo lo supo papá, pero ahí estaba, en el vestíbulo de nuestra mansión. Fue como el rayo de la ira de Seth:
Me sujetó del hombro derecho, me arrastró hasta la ducha entre improperios que jamás antes le escuché, me arrancó a tirones la ropa hasta dejarme desnudo. Entonces me ató las muñecas con esas cuerdas con que ataba a sus canes guardianes y valiéndose de ellas me hizo colgar de la tubería de nuestra regadera.
Extrajo de mis bolsillos los pocos cigarrillos que aún estaban intactos, y el encendedor de plata que me había obsequiado Lilí, la más bella bacante.
Con parsimonia de cincuentón, papá encendió uno a uno los cigarros, y con brutal lentitud apagaba su lumbre apretándolo abrasadoramente contra mi desnuda y pálida piel de adolescente burgués.
-¡Vas a madurar de una vez, hijo de perra! ¡Si eres mi hijo, harás lo que yo diga, cabrón! ¿Me vas a hacer caso, te vas a quitar de una vez de esas chingaderas? ¡Un hijo mío, comiendo cerdo, emborrachándose con putas!
A cada cigarrillo frotado en mi torso una nueva exclamación de furor paterno, hasta terminar los dieciséis que me encontró. Cada uno fue un nuevo insulto, una frase clamada con voz de trueno que resonaba entre el silencio de la oscura noche sin lunas.
Demasiado orgulloso para gritar de dolor o pedir clemencia, yo apretaba los labios mientras lanzaba patadas a diestra y siniestra que papá esquivaba con su habilidad de experto capitán de las tropas locales de Imperátor.
Dos horas duró el suplicio. Papá había marcado en mi epidermis cinco figuras triangulares. Tres puntos tenía cada una. Y una quinceava la dejó encima del ombligo.
-¡Obediencia! ¡Respeto! ¡Sumisión! -Decía alternadamente cada vez que me marcaba con uno de los puntos de fuego.- ¡Recuérdalo! Son esas las virtudes que más ama Imitatus, el Señor, el único Dios. No vuelvas a deshonrar mi nombre. Sé obediente a la autoridad, respeta a tus mayores. Sé sumiso ante las leyes del Sumo Pontífice y Vicario de Dios: Imperátor. Sólo así serás digno de permanecer en la casta gobernante de Gea.
Yo sólo lo miraba con sorna, con desprecio, pero él prefirió atribuir mi desfachatez y silencio a la embriaguez, y no continuar con la lección, con lo cual me habría dado muerte.
Pero de verdad, Nélida, jamás lo odié por eso. Ni se lo reproché entonces ni lo lamento ahora. Después de todo, la tortura paterna era lo normal como recurso disciplinario en nuestra casta privilegiada.
Lo maté por otro motivo.
Y eso fue el detonante de esta locura que ahora estoy viviendo.
Ese día estaba en casa de visita, tras volver de mi expedición arqueológica de las selvas del Mayab. Estaba seguro de estar a punto de dar con el misterio de misterios de la Arqueología: ¿Por qué hace seis mil años, de improviso, sin transición, todos los pobladores de esa formidables ciudades desaparecieron?
Es como si se los hubiera tragado la nada. No hay vestigios que indiquen una posible respuesta.
Durante seis meses exploré, desmonté, excavé, en compañía de mis cuadrillas de jarochos, esos morenos trabajadores sin casta que todos rechazan a la hora de dar beneficios, pero que todos buscamos cuando hace falta realizar un trabajo pesado y penoso.
Nada, ningún indicio positivo que apuntara a la solución del misterio. El carbono-14 se mostró impotente para aportar respuestas.
La víspera de mi regreso sostuve una larga conversación con Cecil, joven físico teórico que acudió a visitarme con saludos de los camaradas de la Universidad. Hablamos de todo sin ton ni son, incluso de las modernas teorías cuánticas que sugieren que el universo no existe, es decir, no es objetivo si no subjetivo, una interpretación de la mente a una serie de datos que capta supuestamente de fuentes externas, pero que podrían ser internas. Cuántica, le llaman a esa ciencia especulativa los físicos de Gea. En teoría, el dominio de la Cuántica otorgaría facultades inimaginables a sus practicantes.
En casa, con mi padre Francisco, repasaba las incidencias de mi exploración al Mayab. Ennumeramos y desechamos cada una de las muchas teorías que tratan de explicar el misterio de la desaparición de la antigua civilización tzeltzal.
Entonces guardamos silencio.
Y lo rompí preguntando:
-Y ¿Si los tezeltzales se fueron usando la Cuántica?
Mi padre volvió su rostro hacia mí, y nos miramos fijamente por un segundo.
Lo que vi en sus ojos fue una revelación: Por un solo segundo estuvo despierto, consciente. ¡Él lo sabía! Lo recordó al menos ese segundo, y podía volver a recordarlo.
En ese segundo sus ojos brillaron con la luz de la conciencia, del conocimiento perfecto. Setenta y un años de adoctrinamiento no habían terminado de doblegar su alma ni su capacidad de recordar.
En ese segundo ambos supimos que este mundo es una farsa, un engaño, una ilusión que Ellos quieren que tomemos por real.
Y yo no podía permitirlo, no, no podía: No podía dejar que esa chispa de consciencia se perdiera. Que volviese a dormir, acaso para siempre. Pronto papá moriría y sería sepultado con todos los honores de su Fraternidad, y los teurgos de Imperátor realizarían el Ritual de Resurrección. Entonces, resurrecto, lo enviarían a vivir feliz por siempre a Edén, donde permanecería eternamente.
¡Impostura! ¡Esclavitud sin fin! ¡Esa es su idea de vida post mortem! Y yo no podía permitirlo.
No dudé.
Amayraní, mi hermana, pidió a papá que la acompañara a las favelas a realizar unas compras, así le llaman a adquirir esclavas de la casta inferior para labores domésticas.
Volvieron a las dos horas, en compañía de un par de jóvenes de piel oscura, silenciosas y olorosas a leña.
Tomé el cuchillo más filoso de la cocina, papá estaba junto a la cerca del jardín.
Salí a su encuentro. Al mirar sus ojos, éstos tenían el aspecto cansino y opaco que habían tenido toda su vida. Opacidad que es común a todos los habitantes de Gea, y que indica que son buenas y dóciles ovejas del rebaño del Señor Imitatus, el Omnipotente. Sólo los locos y los demonios tienen brillo en su mirada, y son temidos hasta el paroxismo por las buenas gentes de nuestra casta gobernante.
Sin pensarlo, sin dudarlo, caminé hasta él. Extraje el puñal de entre mi manga y hundí la fría y dura hoja en el blando abdomen de mi anciano padre. La grasa acumulada no presentó resistencia. La débil capa muscular subyacente fue vencida con un ligero empujón, y lo órganos vitales fueron heridos de muerte. Giré la punta dentro de la cavidad abdominal, para garantizar un rápido desangrado y facilitar la entrada de aire, con lo que provocaría una embolia.
Todo acabó en segundos. El cuerpo inerte de mi padre yacía boca arriba mirando sin ver el cielo despejado de Gea, mientras los dos soles de nuestro sistema binario se acercaban cada uno a su respectivo ocaso.
Sólo cumplí mi deber, y la satisfacción de un hijo realmente solidario se apoderó de todo mi ser, y en mi interior sonreí en paz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario